Quienes me leen habitualmente en Live Love Indie conocen perfectamente cuál es mi hábitat natural. Mi ecosistema musical se reduce a camisas de flores, purpurina, zapatillas de lona un poco gastadas y entornos idílicos. Para mí, un momento de máxima catarsis consistía en desgañitarme cantando el estribillo de Turnedo junto a Iván Ferreiro, bailar con el rock de Niña Polaca o saltar en primera fila con la energía desbordante de Arde Bogotá. Mi experiencia previa con los pogos se limitaba a los empujones bienintencionados durante un concierto de Carolina Durante, Alcalá Norte o The Rapants.
Sin embargo, algo hizo clic en mi cabeza al presenciar el huracán de Idles. Ver al público estremecerse, hacer volar los vasos de cerveza y elevar a los músicos en volandas despertó una chispa de curiosidad en mí. Así que decidí romper mis propios esquemas, salir de mi zona de confort pop y emprender un viaje hacia el norte de Galicia. Dejo aparcados los sintetizadores: me voy al Resurrection Fest en Viveiro del miércoles 1 de julio al sábado 4 de julio de 2026.
Miércoles 1 de julio: El bautismo de fuego y murallas de sonido
La jornada inaugural del miércoles 1 de julio arrancó con un ambiente de absoluta electricidad en Viveiro. Mi andadura como infiltrado comenzó frente al escenario principal con la potencia de Annisokay, seguidos por la curiosa y energética propuesta de los japoneses Man With A Mission, quienes con sus características máscaras de lobo encendieron al público más madrugador de la tarde. La tarde continuó subiendo de revoluciones con el potente directo de los estadounidenses A Day To Remember, combinando melodías coreables con desgloses brutales que desataron los primeros círculos de pogo serios.
El auténtico plato fuerte de la noche corrió a cargo de los suecos Sabaton. Su propuesta visual es mastodóntica: un tanque real sobre el escenario, pirotecnia a granel e himnos épicos que repasan batallas históricas. La energía melódica de canciones como The Last Stand o Primo Victoria tiene ese espíritu de himno coreable de estadio que te obliga a levantar el puño. Mientras tanto, en los escenarios secundarios, bandas como Testament daban una cátedra de thrash metal de la vieja escuela.
Un empujón en un pogo del Resu no es una muestra de agresividad; es su forma de decir «¡viva la música en directo!». Si te caes, diez manos te levantarán antes de que toques el suelo.
Jueves 2 de julio: El rugido de la doncella y la comunión masiva
El jueves 2 de julio llegó el plato fuerte de la edición para cualquier melómano, sea cual sea su estilo. Antes de que las grandes leyendas tomaran el control, el escenario principal fue testigo del arrollador directo de los españoles Angelus Apatrida, provenientes de Albacete, quienes desataron una auténtica locura colectiva en la pista. Seguidamente, el toque folk llegó de la mano de The Funeral Portrait, preparando los ánimos de manera inmejorable.
El momento más esperado se hizo realidad cuando Iron Maiden saltó a las tablas en el marco de su espectacular gira de 2026. Liderados por el incombustible Bruce Dickinson, presenciar en directo clásicos atemporales de la talla de The Trooper, Fear of the Dark o The Number of the Beast fue un privilegio absoluto. La aparición de su mítica mascota, Eddie, interactuando con la banda en escenarios hiperproducidos, sació el hambre de espectáculo de cualquier fan. La jornada se cerraría por todo lo alto con el demoledor directo de Anthrax, dejando los cuellos de los asistentes completamente resentidos.
Viernes 3 de julio: Los saltos del nu-metal y la nostalgia generacional
El viernes 3 de julio la nostalgia y los ritmos más urbanos se apoderaron de Viveiro. El calentamiento corrió a cargo de los finlandeses The Rasmus, trayendo melodías góticas y comerciales que el público cantó a pleno pulmón, seguido por el impecable metalcore de Bleed From Within. Poco después, los chicos de Trivium depararon un set técnico que sirvió de antesala perfecta para el gran caos de la noche.
Comandados por la eterna gorra roja de Fred Durst y el inclasificable Wes Borland, los reyes del nu-metal, Limp Bizkit, convirtieron el escenario principal en una gigantesca pista de baile. Canciones como Rollin’, My Generation o su emblemática versión de Behind Blue Eyes demostraron ser auténticos rompepistas. Ver a miles de personas botar al unísono fue una imagen impresionante.
Sábado 4 de julio: Oscuridad industrial y el cierre de una edición histórica
La última jornada del festival, el sábado 4 de julio, arrancó con una gran presencia de bandas alternativas. Los míticos Hamlet tomaron el escenario principal ofreciendo un directo visceral. Más tarde, los californianos P.O.D. trajeron sus ritmos de metal alternativo, dando paso a la majestuosa pared de sonido progresivo de Mastodon, cuyo despliegue de solos de guitarra e intensidad rítmica fue soberbio.
El broche de oro definitivo lo puso el reverendo del shock rock, Marilyn Manson, asegurando un ambiente denso, teatral y oscuro para despedir Viveiro por todo lo alto. Escuchar los acordes distorsionados de The Beautiful People o su icónica e hipnótica versión de Sweet Dreams (Are Made of This) en la noche lucense fue una performance incómoda y magnética, una experiencia sobrecogedora.
Manual de supervivencia y el encanto de Viveiro
Para un infiltrado indie, sobrevivir a esta experiencia requirió una guía mental clara: el calzado robusto no se negocia y la apertura de mente es obligatoria para dejarse sacudir por una pared de sonido. Pero lo mejor es la comunidad: el público del Resurrection Fest es uno de los más sanos y entregados del circuito.
Además, Viveiro ofrece una desconexión total en un entorno natural privilegiado. El plan de devorar empanada gallega y pisar playas increíbles como la de Celeiro antes de entrar al recinto a escuchar gritos guturales es el contraste perfecto. El Resurrection Fest ha demostrado por qué es un gigante internacional que sitúa a Galicia en el mapa mundial. El respeto por la música en vivo es un lenguaje universal que compartimos todos, llevemos camisa de flores o una camiseta completamente negra. Regreso con el pelo un poco más alborotado de lo normal, las tarjetas de memoria llenas de fotografías y el convencimiento de que la marea de Viveiro es maravillosa. ¡Que rujan las guitarras!


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