Puño Dragón en Zamora: La confirmación de que el flechazo no fue casualidad

Dicen que las segundas partes nunca son buenas, o que el impacto de la primera impresión es imposible de replicar. Pues bien, el pasado viernes Puño Dragón se encargó de demoler esa teoría en Zamora.

Si me leéis habitualmente, sabréis que todavía estoy recuperando el aliento tras el concierto del pasado octubre en Vilanova de Arousa. Aquella noche en A Cofradía fue una revelación: sudor, cuerdas rotas y una conexión tan visceral que salí de allí con la certeza de haber encontrado a una de mis últimas bandas revelación. Sin embargo, siempre queda esa pequeña duda: ¿fue la euforia del momento? ¿La magia del local?

La respuesta llegó este viernes en La Cueva del Jazz en Vivo. Y la respuesta fue un rotundo «no». Lo de estos asturianos no es flor de un día.

Llegábamos a la sala zamorana con las expectativas por las nubes, recordando aquel primer encuentro donde tocaron el disco entero en un alarde de energía. Para esta cita, el setlist fue diferente, una jugada arriesgada cuando el público ya viene con el «chip» de lo vivido anteriormente. Hubo cambios en el orden y matices nuevos en la ejecución, quizás debido a las particularidades del lugar. Estoy seguro de que hasta el escenario principal de un gran festival se les quedaría pequeño.

Pero, a pesar de los cambios en el repertorio, la emoción fue exactamente la misma. Desde que Rafa Tarsicio y Germán Mingote lanzaron los primeros acordes y versos, esa electricidad familiar volvió a recorrer la espina dorsal de los presentes. Si en Vilanova destacamos lo «crudo y visceral» del directo, en Zamora demostraron que también tienen oficio y tablas para gestionar los tiempos de un show distinto sin perder ni un ápice de intensidad.

El momento cumbre, como no podía ser de otra manera, llegó con «Haré lo que pueda». Es increíble cómo una canción puede transformarse en un himno colectivo en tan poco tiempo. Si en A Cofradía casi nos dejamos la voz, en La Cueva del Jazz la comunión con el público zamorano demostró que sus letras, esas «canciones tristes para cantarlas contentos», viajan y conectan allá donde van.

No hubo toallas bordadas de regalo esta vez (ese listón de Vilanova está muy alto), pero no hicieron falta. La banda se bajó del escenario habiéndonos regalado otra noche para el recuerdo. Salimos a la fría noche de noviembre con la misma sensación de euforia, sudorosos y felices, confirmando lo que ya sospechábamos: Puño Dragón es todo lo que buscábamos en una banda, sea la primera vez que los ves o la décima.

Nos vemos en la próxima, porque seguro que la habrá.

Deja un comentario

Descubre más desde Live Love Indie

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo